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LA ACTUACIÓN DE LOS PADRES Y LAS VIRTUDES HUMANAS

LA ACTUACIÓN DE LOS PADRES Y LAS VIRTUDES HUMANAS
Tomado de Documento OF – 151
Colegio Los Arcos. Caracas Venezuela
Dirección de Orientación
Original del Prof. David Isaacs
Universidad de Navarra


Educar bien a los hijos no significa conocer y utilizar muchas técnicas sino poner mayor intencionalidad en la actividad normal de la relación humana en el hogar.  Esta intencionalidad se basa en las facultades específicamente humanas, o sea, en entendimiento y la voluntad.  Los padres querrán cosas para sus hijos, pero no basta con querer.  La voluntad va siempre siguiendo al entendimiento.  Por sí misma, la voluntad es ciega. Es un apetito de lo que es bueno; una tendencia a lo bueno.  Pero mientras que el hombre no reconoce el bien por medio de su entendimiento o razón, la voluntad no puede lanzarse a él . La principal dificultad consiste en que el hombre puede buscar algo que le sea dañino, porque se le presenta como bueno para él.  Por eso hay que desarrollar el entendimiento y la voluntad simultáneamente.  Incluso depende de ello su felicidad, porque al reforzar estas facultades correctamente la persona se encuentra en mejores condiciones para obrar el bien.
l hombre está hecho para conseguir la verdadera felicidad con la persecución del bien moral.  Como la inteligencia y la voluntad, las facultades humanas de que el hombre dispone para este fin, son tendencias a la verdad, al bien universal, han de ser determinados a particulares actos de bondad por medio de los hábitos.  Las virtudes son hábitos operativos buenos que perfeccionan las facultades del hombre para conseguir la verdad y la bondad.
Es decir, si el hombre desarrolla las virtudes, la razón percibirá el verdadero bien del hombre, y la voluntad y el apetito sensitivo seguirán a la razón para el perfeccionamiento del hombre.
Los efectos de las virtudes
Se puede definir una virtud como un conjunto de hábitos, operativos, buenos en contraste con el vicio que son un conjunto de hábitos, operativos, malos.  El desarrollo de las virtudes realimenta el entendimiento y la voluntad de tres modos principales.  Se trata de la firmeza, la prontitud y un cierto agrado.
En términos generales las virtudes tienen por objeto hacer al hombre como debe ser.  Las naturales les hacen perfecto, simplemente como hombre. Las sobrenaturales le harán perfecto como hijo de Dios y heredero del cielo. Y, en este contexto, consideremos lo que quiere decir estas tres palabras en la práctica.
La firmeza significa que la virtud reafirma a la persona en lo que está haciendo, en estos “actos de bondad” que hemos mencionado.  Se encuentra más seguro de sí mismo por tener confianza de que su vida habitual se está provocando una mejora en sí mismo y en los demás.  En consecuencia, cuenta con zonas de estabilidad donde puede actuar sin dudar, únicamente matizando aspectos de la calidad de lo que está realizando.  La prontitud quiere decir que la virtud crea una capacidad de obrar bien con más facilidad porque los actos aislados se han incorporado a la misma persona, a su modo de pensar y obrar.  Por tanto, deja libre el entendimiento y la voluntad para profundizar más, para conseguir una mayor eficacia.  Sin pensar tanto, sin esforzarse tanto la persona decide, reacciona y actúa positivamente. Y, por último, la virtud permite a la persona conocer, en parte, la felicidad, le permite obrar a gusto, con satisfacción.
Pero convendría comentar el gran peligro de estos hábitos: el que en lugar de ser virtudes lleguen a ser nada más que rutina.  Rutina porque los actos se acaban en sí, no tienen ninguna finalidad.  Tienen menos mérito porque la acción no está dirigida hacia un objetivo.  Al vivir las virtudes estaremos reforzando el entendimiento y la voluntad.  Si estas facultades no aprovechan los efectos del esfuerzo, la persona puede seguir actuando del mismo modo pero sin crecer en el orden natural y en el sobrenatural.
Para que se reduzca esta posibilidad habrá que contemplar con más profundidad y con frecuencia el fin que se persigue y constantemente abrirse horizontes para que los actos que se realicen con esfuerzo sean adecuados para estos fines y a las posibilidades personales de cada uno.
Los padres de familia, dijimos antes, necesitan obrar con un alto grado de intencionalidad.  Y esto supone atender a las virtudes en ellos mismos, en primer lugar, y luego como padres preparar a sus hijos para el mismo proceso.  El objetivo de los padres será “desarrollar una serie de virtudes-hábitos operativos, buenos- en sus hijos”.  Pero ¿cómo se puede saber si ha habido desarrollo o no? El grado de desarrollo de una virtud dependerá de dos factores: la intensidad con que se vive y la rectitud de sus motivos.

 

Educar bien a los hijos no significa conocer y utilizar muchas técnicas sino poner mayor intencionalidad en la actividad normal de la relación humana en el hogar.  Esta intencionalidad se basa en las facultades específicamente humanas, o sea, en entendimiento y la voluntad.  Los padres querrán cosas para sus hijos, pero no basta con querer.  La voluntad va siempre siguiendo al entendimiento.  Por sí misma, la voluntad es ciega. Es un apetito de lo que es bueno; una tendencia a lo bueno.  Pero mientras que el hombre no reconoce el bien por medio de su entendimiento o razón, la voluntad no puede lanzarse a él[i]. La principal dificultad consiste en que el hombre puede buscar algo que le sea dañino, porque se le presenta como bueno para él.  Por eso hay que desarrollar el entendimiento y la voluntad simultáneamente.  Incluso depende de ello su felicidad, porque al reforzar estas facultades correctamente la persona se encuentra en mejores condiciones para obrar el bien.

l hombre está hecho para conseguir la verdadera felicidad con la persecución del bien moral.  Como la inteligencia y la voluntad, las facultades humanas de que el hombre dispone para este fin, son tendencias a la verdad, al bien universal, han de ser determinados a particulares actos de bondad por medio de los hábitos.  Las virtudes son hábitos operativos buenos que perfeccionan las facultades del hombre para conseguir la verdad y la bondad.[ii]

Es decir, si el hombre desarrolla las virtudes, la razón percibirá el verdadero bien del hombre, y la voluntad y el apetito sensitivo seguirán a la razón para el perfeccionamiento del hombre.

Los efectos de las virtudes

Se puede definir una virtud como un conjunto de hábitos, operativos, buenos en contraste con el vicio que son un conjunto de hábitos, operativos, malos.  El desarrollo de las virtudes realimenta el entendimiento y la voluntad de tres modos principales.  Se trata de la firmeza, la prontitud y un cierto agrado.

En términos generales las virtudes tienen por objeto hacer al hombre como debe ser.  Las naturales les hacen perfecto, simplemente como hombre. Las sobrenaturales le harán perfecto como hijo de Dios y heredero del cielo. Y, en este contexto, consideremos lo que quiere decir estas tres palabras en la práctica.

La firmeza significa que la virtud reafirma a la persona en lo que está haciendo, en estos “actos de bondad” que hemos mencionado.  Se encuentra más seguro de sí mismo por tener confianza de que su vida habitual se está provocando una mejora en sí mismo y en los demás.  En consecuencia, cuenta con zonas de estabilidad donde puede actuar sin dudar, únicamente matizando aspectos de la calidad de lo que está realizando.  La prontitud quiere decir que la virtud crea una capacidad de obrar bien con más facilidad porque los actos aislados se han incorporado a la misma persona, a su modo de pensar y obrar.  Por tanto, deja libre el entendimiento y la voluntad para profundizar más, para conseguir una mayor eficacia.  Sin pensar tanto, sin esforzarse tanto la persona decide, reacciona y actúa positivamente. Y, por último, la virtud permite a la persona conocer, en parte, la felicidad, le permite obrar a gusto, con satisfacción.

Pero convendría comentar el gran peligro de estos hábitos: el que en lugar de ser virtudes lleguen a ser nada más que rutina.  Rutina porque los actos se acaban en sí, no tienen ninguna finalidad.  Tienen menos mérito porque la acción no está dirigida hacia un objetivo.  Al vivir las virtudes estaremos reforzando el entendimiento y la voluntad.  Si estas facultades no aprovechan los efectos del esfuerzo, la persona puede seguir actuando del mismo modo pero sin crecer en el orden natural y en el sobrenatural.

Para que se reduzca esta posibilidad habrá que contemplar con más profundidad y con frecuencia el fin que se persigue y constantemente abrirse horizontes para que los actos que se realicen con esfuerzo sean adecuados para estos fines y a las posibilidades personales de cada uno.

Los padres de familia, dijimos antes, necesitan obrar con un alto grado de intencionalidad.  Y esto supone atender a las virtudes en ellos mismos, en primer lugar, y luego como padres preparar a sus hijos para el mismo proceso.  El objetivo de los padres será “desarrollar una serie de virtudes-hábitos operativos, buenos- en sus hijos”.  Pero ¿cómo se puede saber si ha habido desarrollo o no? El grado de desarrollo de una virtud dependerá de dos factores: la intensidad con que se vive y la rectitud de sus motivos.

 



[i]  Cfr. Sto. Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, I-II q. 9

[ii] Cfr. Idem. I-II, q. 55