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| Comunicación
y amor conyugal El marido de la madre y la esposa del padre Tomado del Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad Austral |
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Por: Natalia Giacani ¿Cómo quiero y confío en el otro?
¿Existe vivir de rentas en el amor? ¿Para dónde voy? Los primeros diez años de
matrimonio son muy fuertes, condicionan toda la relación conyugal y, también,
la autoestima de los hijos. El amor de los padres por sus hijos no pasa sólo en
línea directa hacia ellos; los roles de padre y madre no son intercambiables.
El padre es insustituible en uno de sus principales papeles: ser el marido de
la madre; y viceversa… En estos temas profundiza Florencia Amaya, licenciada en
psicopedagogía que entre otras especialidades, dicta talleres de orientación en
afectividad y comunicación a matrimonios jóvenes. ¿Se puede vivir de rentas en el amor? La relación de los padres con los hijos pasa a través de la relación
conyugal. No se puede tener con ellos una buena relación si la relación entre
sí no es buena. Cuando los padres se aman, los hijos se sienten amados y el
amor conyugal se transforma en el interior de los hijos en la base de su
autoestima. La familia es una relación de amor compartido y lo primero es
manejar muy bien este tema. Es el único lugar en el mundo que me quieren sin
ninguna condición: no me quieren por los resultados de mis notas, por lo
divertido, si hablo bien... Para amar de verdad es importante madurar en el
amor a uno mismo y recién, después, se está en condiciones de amar al otro. En
una familia todos dependen de los demás: una madre con el modo de quererse a sí
misma influye en el amor al hijo. La confianza de los chicos al sentirse
queridos pasa por el cariño que tienen entre sí marido y mujer. Piero Ferruci en su libro Nuestros maestros los niños afirma que en un
matrimonio todo puede ir bien pero hay que esforzarse para que eso continúe
así. No se puede vivir de la renta del amor y hay que recuperar de, tiempo en
tiempo, el egoísmo del noviazgo cuando ambos estaban solos. Entre otras razones
porque los hijos pueden hacer que las relaciones sean mejores, pero también
peores. Mejores, porque llevan a unirse en la aventura extraordinaria de estar
al servicio de unos niños que crecen y ayudarles a convertirse en seres humanos
auténticos y completos. Pero peores, porque pueden dejar poquísimo tiempo para
estar juntos. Entonces, ¿qué es lo más importante para el
crecimiento de un matrimonio joven? La identidad de una familia está dada por un conjunto de valores e
ilusiones compartidos. Se poseen los valores personales y familiares de origen
sin embargo, en el matrimonio se contrastan y mezclan para lograr un proyecto
común. Y luego preguntarse, ¿qué es lo más importante? Es un planteo que uno se
hace al cabo de un tiempo y, sin angustias, apunta a la necesidad de tener un
proyecto educativo, un marco de referencia concreto en el que uno se mire
cuando está despistado. Varias personas viven en su propia familia en un clima de
insatisfacción, de decepción mutua, como si hubieran aspirado a algo que no les
salió, al sueño de una familia “de libro”. Estos sueños van formando una red de
expectativas, una forma de verse a sí mismo y a los demás. Los miembros de una
familia no son seres de forma propia invariable que se complementan quedando
inmutables sino que son co-dependientes. Para que los resultados de esa
interacción sean mejores, es importante el trabajo personal sobre uno mismo ¿Cómo se da el desarrollo de esta afectividad sana? No hay una sola manera de hacer las cosas, nada es definitivo, es un
proceso… en el que vale reconciliarse con uno mismo, varias veces al día,
aceptándonos y, a los demás, también. Este sano amor de sí mismo incluye aceptarse y reconocerse como valioso,
amado, conociendo las luces y las sombras del modo de ser. Sin vivir ocultando
las zonas oscuras ante los demás e incluso ante nosotros mismos. Actualmente, los valores que prevalecen son los de rendimiento brillante
e inmediato por lo tanto, puede resultar difícil reconocer como valiosos otras
aptitudes positivas y no tan productivas. Sucede lo mismo en la aceptación de cada hijo; es importante aceptarlo
como es. Se puede ver los fracasos de los chicos como algo propio y pensamos
“en el colegio van a arreglarlo para que sea como yo pienso que tiene que ser”.
Sin embargo, si no se lo estima con su forma de ser, no se le da la oportunidad
de cambiar. Los padres y educadores no tenemos el poder de cambiar a la gente
sino la posibilidades de que ellos descubran en si mismos esa aptitud. A
menudo, los hijos no se sienten queridos porque no son como queremos o no acceden
al ideal que aspiramos. Si un chico, cada vez que va a hacer una cuenta,
necesita preguntar o mostrar si es correcta; no se siente con poder de cambiar.
Está atado a una mirada ajena que le diga si es bueno o no. Entonces, ¿tienen sentido la autoridad o los
límites? Creo que el tema de la autoridad va encuadrado en la comunicación
familiar. Los límites facilitan la formación de un cerebro ordenado; no es un
simple “que no molesten o que sean socialmente aceptables…” Se educa con autoridad; porque para formar hábitos y motivar hace falta
prestigio. En el ejercicio de la autoridad es un modo de comunicarse y el
límite es un elemento más de la comunicación como el elogio, los chistes,
consejos y favores, las caricias y besos. Si en una familia hay autoritarismo, no hay comunicación; pero, cuando
hay descontrol tampoco hay comunicación. Porque la falta de límites genera
mayor cantidad de castigos, de frustración, de silencios. |
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